Millán, el ermitaño
«Millán está presente en cada rincón del Valle. Su legado sigue vivo entre las piedras, los bosques y el río que nace en la montaña. Aún podrás encontrarlo en los corazones de aquellos que invocan su nombre como padre protector y patrón en las batallas de la vida»
Un pastor llamado a la soledad
Antes de ser santo, Emiliano, más tarde conocido como Millán, fue un joven pastor nacido en Berceo, hacia el año 473. Durante sus primeros años cuidó los rebaños de su familia, hasta que, alrededor de los veinte años, una experiencia espiritual cambió el rumbo de su vida. Sintió la llamada a abandonar el mundo y entregarse por completo a Dios.
Dejó el pastoreo y marchó hacia los Riscos de Bilibio, cerca de Haro, donde buscó a San Felices, un célebre ermitaño al que reconoció como maestro. Durante varios años aprendió de él el camino de la vida ascética y la oración.
Después regresó a su tierra natal. Pero no volvió a la vida que había dejado atrás. Se internó en la soledad de los montes Distercios, en las montañas que rodean el valle de San Millán, para vivir como ermitaño, dedicado a la oración y a la penitencia.
En los montes Distercios
La tradición sitúa esta etapa en las profundidades de los montes Distercios, hoy conocidos como Sierra de la Demanda. El nombre de la montaña más alta, el monte San Lorenzo, guarda relación con una antigua divinidad indígena, Dercetio, el Dios que todo lo ve, cuyo culto está documentado por un altar romano hallado en las proximidades de San Millán. Sabemos que en esos montes también se invocaba a la diosa Obiona. El paisaje que acogió la vida de Millán había sido, por tanto, un espacio sagrado mucho antes de la existencia del monasterio.
La Vita Sancti Emiliani, escrita siglos después por San Braulio, cuenta que Millán se retiró durante décadas a los lugares más apartados de los montes Distercios. La tradición cristiana interpretó su presencia allí como parte de la transformación espiritual de un territorio antiguo: allí donde habían pervivido los cultos anteriores, el ermitaño levantó altares y consagró el espacio al Dios cristiano.
Durante aproximadamente cuarenta años llevó aquella vida de soledad. Pero su fama de santidad fue creciendo y comenzaron a llegar personas que buscaban su consejo, atraídas por su vida, su sabiduría y los milagros que la tradición le atribuía.
Sacerdote de Berceo
La fama de Millán llegó hasta Dídimo, obispo de Tarazona, quien lo llamó para ordenarlo sacerdote y le confió la parroquia de su propio pueblo, Berceo. Allí, sin embargo, su forma de entender el sacerdocio chocó con las obligaciones y responsabilidades de la vida parroquial.
Millán destinaba los bienes y donaciones de la parroquia a atender a los pobres y necesitados. Su extraordinaria generosidad provocó las protestas de otros clérigos y terminó siendo acusado de administrar de manera indebida los bienes de la iglesia. El obispo Dídimo de Tarazona se vio obligado a apartarlo de su cargo.
Para Millán, aquella expulsión supuso regresar al camino que nunca había abandonado: la soledad, la oración y la pobreza.
La cueva y el origen de Suso
Esta vez no regresó a las profundidades más remotas de los montes Distercios. Se estableció en el lugar que hoy conocemos como San Millán de Suso, donde volvió a vivir como ermitaño.
Pero la soledad de Millán terminó convirtiéndose, paradójicamente, en el origen de una comunidad. Hombres y mujeres comenzaron a acercarse a él para aprender de su ejemplo. Algunos decidieron permanecer junto al maestro y vivir como él, ocupando las cuevas de la montaña y construyendo pequeños espacios de oración.
Entre aquellos primeros discípulos se encontraban Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria y Potamia, nombres que San Braulio conservaría en su relato. Así fue formándose una primera comunidad de eremitas alrededor de la cueva y del oratorio de Millán.
Cuando murió, hacia el año 574, a una edad que la tradición fija en 101 años, sus discípulos enterraron su cuerpo en la cueva que usaba como oratorio. Su sepulcro se convirtió en el centro de aquella comunidad y, con el paso del tiempo, alrededor de él creció el monasterio de San Millán de Suso.
«El monasterio nació, así, del lugar donde un hombre decidió retirarse del mundo para buscar a Dios»
La memoria de San Millán
Millán no dejó escritos. Su vida fue transmitida por sus discípulos y recogida unas décadas después por San Braulio, obispo de Zaragoza, cuya Vita Sancti Emiliani constituye la primera fuente escrita sobre el santo. Braulio pudo conocer estos testimonios a través de su hermano Fronimiano, monje en la Cogolla, y de otros testigos que habían conocido la tradición del santo.
Siglos más tarde, Gonzalo de Berceo, vinculado al monasterio, volvería a contar su historia en romance en su Vida de San Millán de la Cogolla. De este modo, la figura del ermitaño que vivió en las cuevas de los montes Distercios quedaría unida para siempre a la historia del lugar.
De la cueva de un ermitaño nació un monasterio.
Del monasterio nació una comunidad.
Y de aquella comunidad surgiría uno de los grandes centros de cultura escrita de la Edad Media.
San Millán no solo dio su nombre a este valle. Su memoria está en el origen de Suso y, con el paso de los siglos, en la historia cultural que hizo de San Millán de la Cogolla un lugar único.